Entre montañas, las guirnaldas parecen prolongar la Vía Láctea sobre los tejados. En los pasos cercanos, la nieve cruje y el aire trae campanas lejanas. Un artesano relata cómo su abuelo tallaba estrellas en abeto, escogiendo vetas que brillaran incluso bajo la escarcha. Te invita a girar la pieza contra la luz para descubrir el dibujo secreto de la madera, mientras un coro juvenil prueba armonías que se reflejan en las ventanas empañadas.
El olor a canela conversa con el de resina fresca. Una panadera explica por qué su pan de especias reposa dos días antes de hornearse, y cómo las almendras tostadas sellan memorias de infancia. En el puesto contiguo, una cuchara de boj recibe aceite de linaza y adquiere un brillo amable. Quien la compra promete usarla en un guiso de invierno y, sin decirlo, adopta la tarea de cuidar un pequeño legado diario.
Un Kurent se acerca, corona emplumada, lengua de tela roja y sonrisa a medias. Las campanas golpean el aire, y cada salto levanta polvo frío que parece reírse. Una anciana cuenta que, de niña, escondía una moneda en el delantal para dársela al primero que la hiciera bailar. Ahora la moneda es chocolate, pero la transacción simbólica permanece: entregamos un poco de reserva invernal a cambio del empuje que abre marzo.
Grupos de Zvončari, con cintas de colores y grandes cencerros, avanzan por aldeas que ven el golfo a lo lejos. El ritmo, aprendido con paciencia, hace vibrar ventanas y recuerdos. Un pescador deja la red a medio ordenar para aplaudir el paso, mientras un niño intenta imitar la marcha y casi se enreda en su bufanda. Al final del día, la sopa de pescado humea y la conversación enumera casas visitadas, promesas para la próxima estación y chascarrillos heredados.
Entre bromas y carreras fingidas, las criaturas de cuernos y pieles recuerdan que el miedo, compartido y ritualizado, pierde filo. Adultos y jóvenes negocian límites con gestos teatrales, y un abuelo explica que su máscara, heredada, se guarda envuelta en lino con ramitas de lavanda. Después del desfile, los mismos que asustaron reparten dulces, y el pueblo vuelve a ser un escenario sin máscaras, donde lo importante es reconocerse, agradecer la risa y brindar por la luz que regresa.