El abeto y el alerce, nacidos en laderas que ven nieve seis meses, piden cortes lentos y secados sin apuro. Bancos, cucharas y vigas respiran resina templada, y el acabado con aceite de linaza revela vetas como mapas íntimos. Los talleres trabajan con ventanas abiertas al bosque, donde el crujido de virutas acompasa decisiones. Así nacen piezas útiles y cercanas, con esquinas redondeadas por la voluntad de durar y hospedar conversaciones largas.
La lana de montaña aprende del hielo a proteger sin sofocar. Cardada a mano, fieltrada con agua tibia y jabón, tintada con nogal y líquenes, se convierte en mantas, gorros y zapatillas que guardan calor silencioso. Las tejedoras conocen truquillos que sólo se transmiten sentadas, codo con codo, reparando calcetines y compartiendo sopas. No hay prisa: el punto correcto llega cuando las manos encuentran la tensión justa, como quien halla su respiración tras una cuesta difícil.
En Trieste e Istria, el barro se amasa con agua salobre y paciencia. Las piezas secan bajo corrientes marinas que atraviesan patios, y los hornos de leña imprimen llamas impredecibles, dejándole al azar la última palabra. Los esmaltes, inspirados en musgos y alga, dan verdes suaves y azules con bruma. Una taza imperfecta, nacida de prueba y error, recuerda que la belleza puede ser una conversación abierta entre la intención humana y el carácter caprichoso del calor.





